No hay reglas. Sí algunos pasos previos a seguir. Lo primero es el dibujo. Recuerdo haber tenido el de Mazinger y también el de Superman. Ahora las alternativas son muchas. Desde el Sapo Pepe hasta Bob Esponja, pasando por Kitty y Dora la Exploradora. No faltarán los que tengan dibujos para mayores. Los hay grandes y chicos. Algunos tienen cola y otros flecos. Generalmente tienen forma de rombo.

El segundo paso es elegir un buen piolín. Tiene que ser lo suficientemente grueso para que no se corte, y lo suficientemente fino para que no se torne pesado. Cuanto más largo el hilo, mejor. El secreto estará en cuánto piolín darle cada vez que pida. Ni de más ni de menos. Porque si en el aire no tiene la suficiente ayuda habrá que volver a empezar (siempre que la caída no lo destroce).

Después hay que tener un buen carretel. Ahora vienen sofisticados, pero hace unos 20 años nos arreglábamos con un palito de madera al que atábamos y enrollábamos el hilo. Lo importante es manejarlo de los costados, dando vueltas cuando sea necesario. El penúltimo paso es atarle el otro extremo del piolín. Este paso nunca me salió bien. Siempre estaba mi papá para asegurar que levantara vuelo y no se escapara.

Luego, al fin, el momento esperado. Buscar un lugar despejado y esperar la corriente de aire adecuada. Si está todo quieto, a correr unos metros. Un poco más arriba algún viento le dará el empujón deseado. Ahora sí, surcando el cielo, los desafíos los pone uno: tiempo, altura, distancia. Se largó la temporada de volantín y no importa la edad. Para dejar de ser chicos siempre habrá tiempo.